Televisión

El malestar del donjuanismo

Sobre CALIFORNICATION y DOS HOMBRES Y MEDIO

Coinciden estos días en la parrilla dos propuestas a las que merece la pena poner frente a frente, aunque sean tan diferentes, por eso de que comparten en su trama una característica esencial que las transversaliza: la soledad del varón contemporáneo promiscuo. Dos hombres y medio, en La 2, y Californication, de vuelta en Cuatro, parecen concebidas como las caras inversas de un misma argumento: el del cuarentón que naufraga de cama en cama perdido en una maraña de relaciones esporádicas. Interpretadas con carisma por Charlie Sheen y David Duchovny, una se acoge a la estructura clásica de sitcom norteamericana, mientras la otra seduce a base de chulería bukowskiana, pezones al aire y glamour posmoderno de sábanas revueltas.

Tanto el Charlie de Dos hombres y medio, como su contrapartida Hank Moody, son hombres solos que encuentran asideros de realidad en lo familiar. Aparentemente, el sobrino y el hermano de Charlie, en proceso de divorcio, se instalan en su casa para hacerle la vida imposible, pero algo remueve la ternura del cínico hedonista, que los quiere como sea a su lado. Por su parte, Moody, personaje de ardua tridimensionalidad psicológica, vive su deriva acumulativa con el telón de fondo de la relación interrumpida con la madre de su hija, de la que sigue enamorado con pasión. Que ambas series, desde presupuesto narrativos y estéticos tan divergentes, coincidan en subrayar el malestar del donjuanismo es, por otro lado, sospechoso. Quizás el periplo de Charlie acabe en boda, y no importará. Pero está por ver si el ácido guionista Tom Kapinos es capaz de llevar al límite la vocación transgresora con la que concibió su versión angelina y masculina de Sex and the city.

Texto inédito, previo a DON JUAN EN PANTALÓN CORTO

Estándar
Televisión

Dos hombres y medio

DON JUAN EN PANTALÓN CORTO

Después de siete temporadas de Dos hombres y medio, apenas han cambiado los estampados infames de las camisas de Charlie Sheen, quizás el actor mejor pagado de la televisión americana. Se dice que Sheen se levanta por temporada un sueldito de casi veinte millones de dólares. Un dato que ilustra sobre el alcance popular de esta premiada sitcom que quizás termine este año y que la CBS cuida como su perita en dulce para el prime time de los lunes.

Mujeriego, holgazán y sarcástico, el personaje de Sheen podría está inspirado en la leyenda que el propio actor se forjó en sus años de golfería. Ambos comparten nombre de pila. Charlie es un cuarentón de vida disipada, compositor de sintonías publicitarias, que disfruta de su éxito con el bello sexo ante los ventanales de su casa, ubicada en plena playa de Malibú. El conflicto que origina la serie es el traslado forzoso a ese soleado picadero del hermano y el sobrino de Charlie, a causa del súbito lesbianismo de la cuñada. La chispa que le concede su característica entidad argumental se origina gracias a ese juego de contrapuntos que son ambos hermanos: mientras Charlie es alérgico al compromiso y no tiene problemas económicos, su hermano Alan (Jon Cryer) vive a salto de mata y se enamora con una facilidad infantil.

El nexo que borra la disfuncionalidad entre ambos, que les aporta una normalidad familiar, es el pequeño Jake, interpretado por Angus T. Jones. Jake es el elemento que hace florecer la ternura del cínico Charlie, un personaje muy agudo en las réplicas, pero que apenas se muestra humano, ni siquiera con sus novias. “El niño crece, mientras los adultos todavía están en proceso de madurar”, comentaba Chuck Lorre, creador de la serie junto a Lee Aronsohn –responsables ambos de otro éxito de CBS, The Big Bang Theory-. De hecho, en uno de los episodios de la primera temporada, una disputa entre los hermanos provoca el abandono de Alan y Jake de la casa playera. Cuando Charlie les pide que vuelvan, Alan le pregunta si siente un interés verdadero en convivir con él, y el hermano responde, sin renunciar a la acidez que le define: “No, quiero que vuelva Jake, pero creo que tú estás incluido en el paquete”. Una de las características que han moldeado la serie a lo largo de los años es, por supuesto, el desarrollo de Jake, que en las últimas temporadas se ha convertido en un adolescente con un humor corrosivo que recuerda al de su tío.

Siete años dan para mucho. Sobre todo en una serie donde los guiones parecen concebidos para maximizar cualquier instante de comedia, cualquier gesto o diálogo de los actores. Quizás una de las peculiariades de Dos hombres y medio (que en España emite la 2 los miércoles por la noche) es el alto contenido sexual de muchas conversaciones o situaciones. Los propios creadores comentan sorprendidos que en las primeras temporadas era una formato consumido, sobre todo, por personas mayores, y que el rango de edad de su público descendió cuando se hizo pública la procacidad habitual en los guiones. Hemos visto, por ejemplo, a Charlie en la cama con una desconocida, mientras un terremoto sacudía la tierra, lo que incrementaba el placer de la chica, que confundía las vibraciones con la destreza de su amante. O a la ex profesora de Jake convertida en bailarina exótica por culpa de Charlie, ejecutando un private dance sobre Alan, mientras discutía con nuestro Don Juan de pantalones cortos.

En cierta forma, Charlie es la versión pura y sin remordimientos de Hank Moody, el bukowskiano héroe que David Duchovny interpreta en Californication. Un cuarentón perdido en la maraña de la promiscuidad contemporánea. La gran diferencia es que el conflicto de Moody lo origina la separación con su mujer, mientras que todo indica que Dos hombres y medio terminará en esta séptima temporada con el depredador domesticado por su voluptuosa novia, es decir, vestido de pingüino y entonando el sí quiero.

Publicado en CARTELERA TURIA nº 2.392

Estándar