Babelia, Cómic

Obsesión por el naufragio

Comprometido con el avance del cómic de autor, Miguelanxo Prado sintetiza en ‘Ardalén’ su poética, impregnada de realismo mágico

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Con 20 años, el estudiante de Arquitectura Miguel Ángel Prado recibió en préstamo un taco de cuadernillos que le cambiaron la vida: varios ejemplares de la revista Totem. El joven Prado era un loco de la literatura y un aprendiz de pintor; nunca fue ni se sintió arquitecto. Y aquellas revistas le convirtieron en algo que no estaba planeado, historietista. Es decir, guionista e ilustrador, autor completo de cómic. Dibujante de sus propios relatos; narrador que se expresa mediante viñetas. Dibujando, pintando, escribiendo, el gallego Miguelanxo Prado ha alcanzado los 54 años como un autor imprescindible de nuestra historieta. Títulos como Fragmentos de la enciclopedia délfica, Trazo de tiza, Tangencias, Quotidianía delirante o Pedro y el lobo así lo atestiguan. Publicada por Norma Editorial –como el resto de su obra–, Ardalén es una obra de madurez donde el escritor/artista Prado sintetiza su poética y consolida su imaginario.

Ardalén llega en un año muy fértil para el cómic español. Además de trabajos significativos de autores jóvenes, en 2012 hemos tenido ocasión de leer los nuevos tebeos de grandes como Carlos Giménez (Pepe, Panini Cómics), Max (Vapor, La Cúpula), Micharmut (Solo para moscas, Ponent) o Montesol (Speak Low, Sinsentido). También reediciones de obras emblemáticas, como varias de Miguel Gallardo (Un largo silencio, Astiberri; Todo Makoki, Mondadori), Keko (Ojos que ven, Ponent) y Jaime Martín (Sangre de barrio, Norma). En este escenario, la figura de un Miguelanxo Prado con prestigio crítico y proyección internacional adquiere especial relevancia; durante toda su carrera, ha encarnado como pocos el rol del profesional comprometido con el avance del cómic de autor. “Muchas de mis obras deben ser consideradas ‘novelas gráficas’, aunque fuesen hechas y publicadas bastante antes de que el término se extendiese”, reivindica. Se está configurando un canon, y Prado es de los importantes.

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Dibujando, pintando, escribiendo, llegó Ardalén. Pero mucho antes, en los primeros ochenta, aquellas viejas revistas de historietas de género, animaron a Miguelanxo Prado a internarse en un laberinto creativo donde quedó atrapado. “Entonces pensaba que el cómic funcionaba por acumulación”, recordaba en 1999, en un entrevista en la revista U, “que si sabes escribir y sabes dibujar, pues sabrás hacer una historieta. Después descubrí que no, que no tiene nada que ver”. A diferencia de otros autores de cómic, Miguelanxo Prado no tenía un bagaje como lector especializado; apenas había leído tebeos en su niñez y juventud. Al desmotivado arquitecto, en sus años universitarios, el cómic le permitió canalizar sus ansias literarias y pictóricas, aunque tuvo que readaptarse a las reglas propias de la disciplina. “Me estimuló comprobar que era un código nuevo para mí y que, además, proporcionaba ingredientes que no me estaban dando por separado pintura y literatura”.

Trece años después de aquella declaraciones, en la actualidad, Miguelanxo Prado recuerda los orígenes de su vocación inesperada. “Lo que en su momento me atrajo del cómic, de la historieta, fue la posibilidad de utilizar mis imágenes para, a través de un lenguaje con una gramática propia y diferente de los que hasta el momento conocía, narrar historias”, reflexiona. “Poder hacerlo como lo he hecho en Ardalén me satisface plenamente como narrador. Es más, la historia, tal y como la he contado en el libro, no hubiese podido contarla con ningún otro de los lenguajes que habitualmente utilizo. Cada vez me fascinan más las posibilidades expresivas de este medio”.

Primero fueron pinturas, luego poemas. Después, una película, De profundis, que se convirtió también en relato ilustrado. En el final de ese trayecto estaba la novela gráfica, Ardalén. Mezclando intuiciones, jugando con el arte, Miguelanxo Prado ha cerrado un ciclo mítico que se removía en las aguas profundas de su imaginación. De la misma sima oceánica, han surgido las dos obras que le han mantenido ocupado durante una década. De profundis fue un experimento de liberación: un largometraje de animación realizado con pinturas al óleo. Como pintor y realizador, Prado sumergía al espectador en un universo de sensaciones, en las profundidades del Atlántico. En Ardalén, la propuesta es, a primera vista, más terrenal, aunque el naufragio como quimera onírica también invade el libro, contaminándolo de realismo mágico. ¿Es posible que De profundis y Ardalén sean más similares de lo concebido inicialmente?

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“Que existe una cierta relación entre ambas obras es innegable. Y creo que esa relación soy yo, o sea, el autor. El tipo que las ha escrito, dibujado y pintado empieza a tener –o tuvo, durante un cierto período de tiempo– algunas obsesiones que aparecen en las dos historias: el océano, el naufragio… Pero en De profundis son elemento central y la historia que desarrolla es onírica de principio a fin. En Ardalén son accesorios y apoyan la parte ‘maravillosa’ de la historia, que se desarrolla en clave de realismo mágico, que no es fantasía, sino una manera alternativa de ver e interpretar una posible realidad.”

Las referencias a la literatura culta suelen estar muy presentes en los libros de Miguelanxo Prado. Son ecos del gran lector que el dibujante confiesa ser, y su función no es decorativa, sino que penetra hasta la esencia de obras como Trazo de tiza o Ardalén. Como el viento imaginario Ardalén, en la historia de Fidel, el viejo náufrago que nunca ha abandonado tierra firme, se cuelan los aromas del gran género de la literatura latinoamericana. “Sí”, reconoce. “Pero siendo justos, antes de los Borges, Bioy, Cortázar, García Márquez… descubrí a Álvaro Cunqueiro. Su narrativa me sedujo y abrió una puerta por la que después entraron los sudamericanos. Esas lecturas ‘activaron’ en mi adn el gen dominante del realismo mágico. No es el único registro de mi obra, pero sí, seguramente, aquel en el que me encuentro más cómodo”.

Ardalén. Miguelanxo Prado. Norma Editorial. Barcelona, 2012. 256 páginas, 25 euros

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Publicado en BABELIA nº1101. EL PAÍS, 29/12/2012

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MP

Miguelanxo Prado: “La narrativa de Álvaro Conqueiro me sedujo y abrió una puerta por la que entraron los autores latinoamericanos”

Por su gran interés, publico a continuación un material extra: la entrevista íntegra que tuve ocasión de realizar a Miguelanxo Prado vía e-mail, en diciembre de 2012, como documentación para el anterior artículo de ‘Babelia’. Por cuestiones de espacio no pude utilizar todas las respuestas, y creo que merecen la pena. A continuación, Prado detalla el proceso de creación de ‘Ardalén’, comenta su evolución como autor, o reflexiona sobre el concepto de novela gráfica.

Una característica que salta a la vista, al hojear Ardalén, es lo extraordinario del acabado gráfico. Posiblemente es su cómic más bello. ¿Disfruta tanto dibujando y pintando como transmite su trabajo?

Sí… Sé que soy un privilegiado pudiendo trabajar y vivir haciendo aquello que más me gusta y creo que es, por tanto, una obligación ética y social hacerlo intentando llegar al límite.

En algunas entrevistas, ha comentado que escribir le gusta tanto como dibujar. Habitualmente sus cómics son muy “literarios”, tienen una historia muy elaborada y los personajes están meticulosamente definidos. ¿Se siente recompensado como narrador al realizar obras como Ardalén?

De nuevo, sí. Lo que en su momento me atrajo del cómic, de la historieta, fue la posibilidad de utilizar mis imágenes para, a través de un lenguaje con una gramática propia y diferente de los que hasta el momento conocía, narrar historias. Pero esas historias -en mi caso por lo menos- han de ser previamente escritas. Poder hacerlo como lo he hecho en Ardalén me satisface plenamente como narrador. Es más, la historia, tal y como la he contado en el libro, no hubiese podido contarla con ningún otro de los lenguajes que habitualmente utilizo. Cada vez me fascinan más las posibilidades expresivas de este medio.

Me gustaría profundizar en la relación entre De Profundis y Ardalén. Al comenzar, parece que Ardalén va a ser una historia realista, pero a medida que avanza el componente onírico adquiere un peso mayor. ¿Es posible que ambas obras sean más similares de lo concebido inicialmente?

Bueno… Ahora no responderé que sí tan incondicionalmente. Que existe una cierta relación entre ambas obras es innegable. Y creo que esa relación soy yo, o sea, el autor. El tipo que las ha escrito, dibujado y pintado empieza a tener (o tuvo, durante un cierto período de tiempo) algunas obsesiones que aparecen en las dos historias: el océano, el naufragio… Pero en De profundis son elemento central y la historia que desarrolla es onírica de principio a fin. En Ardalén son accesorios y apoyan la parte “maravillosa” de la historia, que se desarrolla en clave de realismo mágico, que no es fantasía, sino una manera alternativa de ver e interpretar una posible realidad.

Al hilo de anterior, ¿habrá una “tercera parte” de esta saga oceánica?

Mmmm… En estos momentos diría que no, que tengo la sensación de que el ciclo, por llamarle de alguna manera, está acabado. He pintado, he hecho una película y un cómic. Ya está. Pero los que me conocen saben (y yo lo sé) que soy cambiante… Tal vez dentro de un par de años descubra que se me quedó algo en el tintero y decida volver por estos caminos.

La forma en que realidad y ensoñación o delirio se entremezclan en Ardalén recuerda a un cierto tipo de narrativa latinoamericana muy popular. ¿Podríamos definir Ardalén como una obra de “realismo mágico”?

Pues ya lo he adelantado. Sí. Pero siendo justos, antes de los Borges, Bioy, Cortazar, García Márquez… descubrí a Álvaro Cunqueiro. Su narrativa me sedujo y abrió una puerta por la que después entraron los sudamericanos. Esas lecturas “activaron” en mi adn el gen dominante del realismo mágico. No es el único registro de mi obra, pero sí, seguramente, aquel en el que me encuentro más cómodo.

Es muy significativo, del detallismo con que Ardalén está realizado, que cada personaje cuenta con una tipografía manual diferente para sus bocadillos de diálogo. ¿Ha sido muy laborioso crearlas?

¡Pfff… sí! Es una de esas ideas (no soy el primero que se lo plantea) que cuando se te ocurren no calibras hasta qué punto te va a complicar la vida. Primero fue diseñar cada uno de los tipos de letra. Pero, además, ahora las traducciones están siendo un tormento porque, para intentar minimizar los riesgos de errores, decidí rotularlas todas personalmente. Francés, portugués, italiano, inglés… bueno, más o menos. Pero, alemán u holandés… No tengo ni idea de lo que estoy escribiendo, hay que hacer revisiones constantemente… No quiero pensar cuando lleguen idiomas como el finlandés, o el serbio. Lo que ya tengo decidido es que, lamentablemente, los lectores orientales (coreano o japonés), si llega la ocasión, lo leerán con tipografía única. Hay limites infranqueables.

Usted ha sido testigo privilegiado de la evolución del cómic en los últimos 20 años. Ahora se habla de “novela gráfica” para referirse a un tipo de cómic adulto que se ha ido fraguando en estas décadas. ¿Considera que sus obras pueden ser definidas como “novelas gráficas”? ¿Le interesa este debate?

Me interesó en su día. Creo que lo más importante es que resultó una etiqueta exitosa a nivel de medios de comunicación y ayudó a vencer recelos y prejuicios. Pero Will Eisner ya hacía “novelas gráficas” en los 70. Me parece más ajustado aplicar el término atendiendo a los modos narrativos de la obra que a su extensión física en número de páginas o al tamaño en centímetros del libro. Desde ese punto de vista, creo que muchas de mis obras deben ser consideradas “novelas gráficas”, aunque fuesen hechas y publicadas bastante antes de que el término se extendiese.

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