Babelia, Cómic

Madera fundacional de la novela gráfica

LA CIUDAD

Frans Masereel / Nórdica Libros. Madrid, 2012 / 120 páginas. 15 euros

Esta hermoso y extraño artefacto gráfico llamado La ciudad, que Nórdica ha recuperado en formato de miniatura fascinante, era en 1925 un libro cargado de futuro, aunque han sido necesarios 90 años para entenderlo y encajarlo realmente en un contexto teórico e histórico. Su autor, Frans Masereel (1889-1972), no fue en absoluto un dibujante de tebeos, sino un artista camarada de intelectuales como Stefan Zweig y George Grosz. La consideración de sus novelas en imágenes como antecedentes de la actual historieta artística, de la llamada novela gráfica, tiene que ver con la revelación y consolidación de una “historia secreta de los cómics”, en palabras de Art Spiegelman.

Frans Masereel fue un caricaturista político, sin vínculos con el cómic industrial de su época. Militante pacifista y antifascista, era un experto en la técnica del grabado en madera o xilografía, que utilizó para realizar sus novelas en imágenes: historias gráficas sin diálogos formadas por reproducciones de grabados a página completa. Así desarrolló libros visuales y narrativos como Mon Livre d’heures (1919) o Un fait divers (1920), hasta completar cincuenta títulos a lo largo de su vida. La ciudad (La Ville, 1925) supone una hermosa anomalía en la trayectoria de Masereel, por su desafección de las convenciones narrativas: del argumento, nudo y desenlace. Este libro es como un gran edificio con múltiples puertas de acceso, tantas como las 110 ilustraciones que lo componen. En La ciudad, Masereel traslada al lector a las calles, centros de trabajo, hospitales, escuelas, iglesias, teatros, salones de baile o prostíbulos de la metrópolis, dando cuenta de la cotidianidad, ocio, desesperación o intimidad sexual de sus habitantes. Un retrato integral de un personaje, la urbe moderna, que se muestra arquitectónicamente amenazante, abigarrada de elementos, abarrotada de seres.

El expresionismo no reconocido de Frans Masereel alcanza en La ciudad su máxima intensidad. Belga de nacimiento, el artista no quiso vincularse a ese movimiento de vanguardia, esencialmente alemán, aunque ya en 1927 el escritor Lothar Lang le incluyó en un índice de autores. Si bien la tortuosa tensión visual de películas como El gabinete del doctor Caligari (1920) se siente en la obra de Masereel, su gran vínculo con el expresionismo lo proporciona el uso del grabado sobre madera. El cruce de caminos donde el artista de Gante desarrolla su obra resulta hoy especialmente atrayente. Con la actual perspectiva, podemos relacionar a Masereel con un modo diferente de hacer cómic, pero en su momento, sus libros gráficos sin palabras y sin páginas divididas en viñetas, recordaban sobre todo al cine mudo. Hay corrientes comunicantes entre las novelas en imágenes y la sinfonía urbana, un primigenio género cinematográfico, que se caracterizaba por su frecuente falta de argumento y amplia ambición descriptiva de la ciudad moderna. También, pues, en películas como Berlin. Die Symphonie einer Grosstadt (Walther Ruttmann, 1927) o A propós de Nice (Jean Vigo, 1930) pudiera rastrearse la influencia de Masereel.

Stefan Zweig dijo que sería posible “reconstruir el mundo contemporáneo”, si “tan solo quedaran los grabados que ha creado Masereel”. Así de honda era la admiración por la obra del artista, en su época. La admiración por el hombre la define bien Thomas Mann, quien le describió en el prólogo para uno de sus libros como “artista verdaderamente moderno, auténtico habitante de las metrópolis, niño ávido de novedades, de entusiasmo fácil, hambriento siempre y siempre receptivo”, entre otras lindezas.

Explorador del arte secuencial

Para contextualizar el valor renovado de Frans Masereel y La ciudad en el nuevo cómic, es necesario considerar las saludables tensiones que se están produciendo en el ámbito de su estudio teórico. He aquí una paradoja: en 1978, Will Eisner realizó su novela gráfica esencial, Contrato con Dios, según confesión pública posterior, tratando de imitar la riqueza expresiva de los libros de Masereel y otros creadores de novelas en grabados como Lynd Ward u Otto Nückel. Pero, durante décadas, las obras históricas convencionales sobre cómic, como la española La historia de los cómics (Toutain Editor, 1983-84) ni siquiera referenciaban a Masereel en su índice de autores. Ha sido en los últimos años, con ensayos como Wordless Books. The Original Graphic Novels, de David A. Beronä (Abrams, 2008), o La novela gráfica, de Santiago García (Astiberri, 2010) cuando empezamos a vislumbrar la labor de pionero que Masereel llevó a cabo. Scott McCloud, dibujante y teórico, ha descrito a Masereel y Ward como “enlaces perdidos” en el desarrollo de los cómics.

La tesis que Spiegelman sugiere al hablar de “historia secreta” y que Santiago García explicita en La novela gráfica, argumenta la existencia una tradición subterránea de narradores gráficos que han elaborado su obra al margen del sistema convencional del cómic. Y que, aunque no de forma directa ni voluntaria, sino lateral y en perspectiva, su influencia puede vincularse a la eclosión de la novela gráfica contemporánea. En ese contexto, Masereel es un artista esencial. Casi un siglo más tarde, hemos podido entender el poderío de sus marcas en la madera, de ese grafismo crudo y humanista que está moldeando la historieta del presente. Su trascendencia está, pues, vinculada también a las reediciones actuales de otras novelas en grabados u obras relacionadas: Six Novels in Woodcuts, de Lynd Ward (The Library of America, 2010); y en España, las Tres novelas en imágenes, de Max Ernst (Atalanta, 2008), y Él fue malo con ella, de Milt Gross (Libros de Papel, 2011).

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Publicado en BABELIA nº1.068. EL PAÍS, 12/05/2012

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