Cómic

Joan Marín. Ya sin dudas

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Ésta es la historia de cómo el artista valenciano Joan Marín llegó a ser el dibujante de Olimpita: Óscar Valiente, director editorial de Norma, tropezó por casualidad con el blog de Joan, le convocó para una entrevista y, tras ver sus pruebas, decidió ofrecerle el proyecto por delante de los otros cinco dibujantes candidatos. “Toda la vida dudando y llega un editor para meterme en un compromiso del que no puedo huir”. Y ésta es la historia de cómo publicó su anterior cómic, Martín, hace nueve años: se acercó al stand de Dude en el Salón de Barcelona, presentó varias páginas y no sólo obtuvo la garantía de publicación de los editores, sino que propició el nacimiento de una línea para jóvenes autores, La Huella Futura, que incluyó piezas de promesas de la época, como David López y Sergio Córdoba. “Éste es el tipo que encendió la chispa”, anotó Andrea Parissi en la intro de aquel comic-book. “Ahí sí que me moví; en aquella época publicar fue un esfuerzo consciente”, recuerda Joan hoy.

¿Qué ha pasado entre 2000 y 2009, entre Martín y Olimpita? Muchas cosas, parece. Ha pasado Barcelona: una seducción hipermoderna, identitaria y glocal a la que Joan ya no quiere renunciar. Ha pasado una dilatada licenciatura en Bellas Artes, iniciada en el momento justo, con 25 años. Han pasado diversos mentores: Antonio López, que arrojó varios pimientos en una mesa para que Joan los pintase; y Joan Fontcuberta, que le introdujo a la fascinación de lo equívoco en la imagen objetiva; y Javier Mariscal, que en la actualidad se sienta frente a Joan todos los días, a la hora de las legañas. Ha pasado Ausiàs, un rapaz que sabe distinguir un calcetín valenciano de un calcetín catalán y que se pone serio cuando le disfrazan de Batman y que tiene enamorados a todos los que le rodean, incluyéndonos a los tíos apócrifos. ¿Cómo se las arregla un tipo como Joan Marín para desenvolverse con aparente comodidad en medios tan ambiciosos y, en cierta forma, contradictorios? “La historieta es la disciplina más completa y compleja. Por eso la dejé de lado, porque me cuesta mucho concentrarme en un proyecto extenso. Yo soy más de ideas que de procesos, y el nivel de involucración que te pide dibujar un tebeo es total. En comparación, pintar un lienzo es mucho más rápido. Y no digamos hacer una foto. El cómic también me ha permitido ver con distancia mi evolución en otros medios”.

Olimpita es casi una contingencia, un quizás transformado en realidad. Lo es porque ha reunido a dos creadores en apariencia muy diferentes que, sin embargo, han generado juntos una satisfactoria novela gráfica de 150 páginas. Sobre el contrapunto entre el hombre vehemente que es Hernán Migoya y el hombre dulce que es Joan Marín ha bromeado, en presentaciones públicas, el propio Migoya. Pero Olimpita es “un trabajo de encargo” muy bien resuelto, un libro que respira con vida propia, que reúne orgánicamente ambas personalidades. “Hernán y yo somos diferentes de carácter, pero tenemos trayectorias vitales parecidas”, reflexiona el dibujante, sobre su guionista. “A pesar de su imagen, es un tío muy sensato. De él, me gusta que sus dudas no le impiden avanzar”. Olimpita es un tebeo cuyas páginas vibran, porque su tema es el amor físico. Es también un documental sobre la Barcelona de acentos cruzados de ahora mismo; un relato de nudo almodovariano que ilustra al lector sobre el desgarro de la felicidad que empieza y termina en el propio cuerpo.

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Ya sin dudas, Joan Marín encara un año intenso. A Plagio, su nueva colaboración con Migoya, se añaden dos proyectos viscerales: una correspondencia en forma de historieta con la joven Mireia Pérez y un reportaje con formato de novela gráfica que explora la profundidad lírica y violenta de la noche de Madrid. “A mi cultura del cómic se le ha sumado mi cultura del arte. Eso ha moldeado mucho mi posicionamiento crítico. Mi afán es rizar el rizo dibujando tebeos, llegar al máximo nivel”.

Publicado en EL MANGLAR nº 9

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Diseño

Stuffed

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Gentleman’s Room 1953, obra del estudio Snodevormgevers

¿Puede un animal disecado desprender poesía? Un grupo interdisciplinar de ex alumnos de la Academia de Eindhoven exploran este interrogante con Stuffed, un proyecto expositivo sobre el enigma de la muerte con apariencia de vida inmóvil.

Entre la repugnancia visceral y el pragmatismo funcionalista. A medio camino del infierno, el cachondeo punki y la decoración embarazada de lirismo. Son múltiples y contradictorias las visiones que Stuffed ha generado en un grupo heterogéneo de creadores que tienen como principal nexo común su residencia en el Strijp S, una de las zonas más creativas de Eindhoven. También, que son todos ex alumnos de la famosa Academia de Diseño de esta ciudad holandesa. Artistas, diseñadores, emprendedores. Con una perspectiva que fusiona disciplinas, desde el interiorismo, la fotografía o el dibujo, los autores involucrados han cruzado sensibilidades en una exposición colectiva inspirada por la colección de animales del Centro Educativo Milieu de Eindhoven (MEC). “Los animales no han sido solo el punto de arranque, sino una parte de la exposición”, aseguran los comisarios Christoph Brach y Franke Elshout. “Stuffed se ha convertido en un viaje a través del mundo de la taxidermia, la piel, el entorno vivo; la belleza de la vida y de la muerte, de la apariencia y la ciencia”.

¿Está menos muerto un animal por estar disecado? Este parece ser una de las preguntas que recorren los diferentes proyectos. Dries van Wagenberg y el estudio Snodevormgevers coinciden en la idea de integrar los animales disecados en entornos domésticos, en darles un contexto donde encajan como los objetos decorativos en que se han convertido. Por supuesto, en ambos casos, con un humor muy fino y europeo. “Al ser disecados, los animales pierden sus hábitats naturales en favor de nuevos entornos humanos”, explica Wagenberg sobre Domestic Habitat. “En lugar de la pobre y artificial copia de su entorno natural que suelen realizar los taxidermistas, este proyecto crea lugares en espacios interiores donde los animales pueden sentirse como en su hogar”. En el caso de Snodevormgevers el mobiliario de su proyecto Gentleman’s Room 1953 imita la apariencia de los troncos de los árboles, aunque en realidad el material utilizado es acero. Por su parte, Josine Beugels, que es quizás la autora de mirada más radical, transforma en Sparrow TurnOver (empanada de gorrión) el humor negro en reivindicación dolorida por el sacrificio animal. “No soy la típica activista a favor de los derechos animales, ni siquiera soy vegetariana”, reflexiona Josine, que en sus piezas ha extendido el debate de la taxidermia a la alimentación, “pero como artista, creo que hay una falta de conciencia respecto a nuestra concepción de la comida”.

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Empanada de gorrión, por Josine Beugels

La generosa disparidad de enfoques de Stuffed permite que, en el extremo inverso de la crudeza, encontremos una poesía muy nítida. Es la que Anne ten Donkelaar ha inyectado en Witternoord. Con una premisa casi de cuento de hadas, Donkelaar explica que ha querido “crear un escudo transparente que muestre la vulnerabilidad y la belleza” de las flores y los insectos, “pero que al mismo tiempo los proteja”. De nuevo, con ingenuidad y delicadeza, la ternura femenina le resta dramatismo a la certeza de la muerte.

Publicado en PASAJES DISEÑO nº 16

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Cómic

Ranx en Nueva York

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Liberatore & Tamburini
La Cúpula

Argumento: Futuro cercano, superpoblado y decadente. Ranxerox es una mole con apariencia humana y cerebro electrónico enamorado de Lubna, una yonqui de 12 años. Todo va relativamente bien hasta que Lubna es raptada. A partir de ahí, Ranx iniciará una violenta y descacharrante búsqueda de su amada de pechos diminutos que le llevará de Roma a Nueva York, pasando por Palermo. En ese tránsito, Ranx, un tipo de métodos más bien expeditivos, se encontrará con críticos de arte de 17 años; follará con una niña de pelo verde; perderá la cazuela que le tapa los circuitos del cerebro y verá muchas películas de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Ultraviolencia, ironía, humor cafre y sano nihilismo es lo que se encontrará el lector que se acerque a este Ranxerox en Nueva York, que estos días ve su sexta edición a cargo de su editor habitual, La Cúpula. Original de finales de los 70 y primero de una serie de 3 álbumes, este Ranxerox (luego sólo Ranx, por cuestiones de copyright) exuda todavía frescura y desparpajo, si bien hay que leerlo como lo que es: un producto de su tiempo, de sus estéticas y sus filias, como esa ciencia-ficción de la que participa, en la que se describe un futuro deshumanizado y sucio, donde las ciudades son junglas de metal y sus moradores seres desquiciados que se tambalean en busca de la próxima dosis. Dicho así, hay quien creerá que Ranxerox es una obra densa y solemne. Nada más lejos de la realidad. Hablamos de un tebeo que es diversión en estado puro. Una diversión de casquería y humor negro que demuestra que Álex de la Iglesia y Santiago Segura no han inventado nada.

Formalmente, lo más interesante de Ranxerox es el trabajo de Tanino Liberatore, excelente dibujante y limitado historietista. Leyendo el álbum, se percibe que Liberatore se lo pasa bomba poniendo en imágenes el guión del fallecido Tamburini, con su estilo carnal y su color vibrante, pero, narrativamente hablando, demuestra poca pericia en la resolución de algunas secuencias. Importa poco, ciertamente, porque el espectáculo funciona de todas formas. Ranxerox en Nueva York, en fin, es globalmente un tebeo recomendable. Y un viaje delicioso para quienes echen de menos los 80.

Publicado en LA GUÍA DEL CÓMIC V3 nº1 (Under Cómic, mayo 2001)

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