Literatura

La intimidad del anciano

CUADROS DE BRUEGHEL
William Carlos Williams
Lumen. Barcelona, 2007

Quizás está por revisar el tópico que vincula poesía con juventud. Estaría bien, acaso, reconsiderar esas frases recurrentes que hablan de la limpieza de la mente, que relacionan el vigor de la vida breve con la expresión certera, intocable. Rimbaud y Neruda en primer término, y luego seguimos. Está por redefinirse, y quizás redescubrirse, la lírica en la mirada domesticada por los pliegues de la vida. Con Cuadros de Brueghel, William Carlos Williams ha creado un artefacto que casi es paradigmático de esta cuestión. Los suyos son poemas de anciano: serenos, sin melancolía ni arritmias, sin arrebatos de inmadurez. Poemas de tersa perfección.

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Después de todo, tiene cierta lógica. Porque el joven escribe y vive. Su trabajo literario ha de estar, necesariamente, contaminado por su experimentación con el entorno. Pero el anciano, sin embargo, escribe y recuerda. Vive acaso menos y vive de otra forma, con mesura. Ya no se siente atraído por fuegos fatuos, se queda con la esencia. Es sabio sin artificios, no necesita sobreactuar. Quizás podría temerse por una cierta afectación melancólica, pero no hay tal. No es ése un mal que aqueje a William Carlos Williams. Incluso cuando hunde el verso en su adolescencia, y recrea, por ejemplo, un momento de intimidad con una muchacha de aquel tiempo, no hay tendenciosidad en su mirada. A este poeta crepuscular sólo le queda la luz del recuerdo. No se esfuerza en deformar ni en “melancolizar”.

Hay, por ejemplo, humor en este libro. Uno que surge de la serenidad. El humor de la sabiduría: “Ociosamente / alternando su peso / entre un pie / y el otro / moviéndose / para evitar mirarme / mientras voy sonriendo / a enviar una carta / a un amigo”. Hay, también, interpretación de la cotidianidad, entendida ésta como una cuestión amplia, que incluso atañe a los sueños que rememoran vivencias de la adolescencia. Podríamos afirmar que Cuadros de Brueghel, sin tener una estructura rígida, habla de varias cuestiones: de la intimidad y el entorno del anciano, de la persistencia de determinadas imágenes de su juventud, de la observación de la naturaleza y, también, de su relación con Ezra Pound. Empieza, por supuesto, con su particular versión de la écfrasis que (como se nos explica en el pertinente prólogo) es la figura de la retórica que nombra al procedimiento de describir una pintura en un poema. Williams principia su libro con varias creaciones de esta naturaleza. Lo que, en cierta forma, deviene en un sistema para identificarse a sí mismo con el artista flamenco. Ambos buscan describir la vida que les rodea sin subrayados, con una mirada cargada de piedad y sosiego.

La cotidianidad del viejo poeta se manifiesta en múltiples estrofas, pero su representación alcanza su máximo fulgor en los poemas dedicados a sus nietos. En 3 posturas, por ejemplo, congela varios instantes de tres de esas criaturas, Elaine, Erica y Emily. La luz del verso las atraviesa, las eterniza. “La vacilante sonrisa –escribe- / ante los planes adultos que buscan / atraparla / las pantorrillas iniciando la flexión / las muñecas / prestas a la huida”. En los poemas de Williams la dimensión visionaria no es afectada, surge orgánica. Está aferrada al mundo como las raíces de un tronco muy antiguo. Y en las descripciones de sus nietos esa particularidad se enciende, adquiere una incandescencia especial. Sin embargo, también, y he ahí el vértigo, es donde el poeta se muestra más cálido, cercano. Quizás porque en ese ámbito percibe futuro auténtico, continuidad, una realidad caudalosa. Posiblemente es que ni el erotismo –que prácticamente no existe en este libro-, ni el amor romántico, ni el afán de vivir, esos temas tan cercanos a la ardiente juventud lírica, son comparables a la certeza de la prolongación en cuerpos de tu carne y de tu sangre. ¿Es así como se siente un hombre de 80 años?

“Un estallido de escarcha / quemó las flores amarillas / en / la primavera / del año”. Williams viaja en varios poemas a su juventud, incluso a su pubertad –quizás en bastantes más en lo personal, en lo críptico-.Pero, nuevamente aquí, la delicadeza de su tratamiento, la naturalidad de su voz al convocar texturas e imágenes intriga y convence. Resulta particularmente intenso un poema en el que rememora un episodio de su juventud, en un viaje a Toledo. Williams recuerda a unas ovejas y a su pastor atravesando el puente sobre el Tajo. Es un imagen caprichosa, pero parece que fue recurrente en su vida y en sus sueños. La sabiduría del autor para fijarla en un poema, para trasladársela al lector es notable: “En la vejez recorren los sueños del anciano y aún caminan / en sus sueños, continuando mansamente en su verso / para siempre”.

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Como ya se dijo, el prólogo de esta edición de Lumen es adecuado. También la traducción, que igualmente ha corrido a cargo de Juan Antonio Montiel. Su introducción a la poética de Williams y sus comentarios sobre el contexto personal del autor enriquecen de forma agradable el volumen. Montiel se extiende sobre las discrepancias de Williams con el proyecto de Whitman. También sobre su elección de convocar un lenguaje sencillo para la poesía. Y, en algún momento, inevitablemente, ilustra sobre su relación con Pound. Una relación que, en cierta forma, atraviesa de forma sutil el libro. Está ahí: es ése amigo con quien se intercambia correspondencia. Un amigo al que se le concede el privilegio de la dedicatoria de un poema, acaso el único envenenado del repertorio. En él, Williams anota su deseo de que al autor de Idaho se le conceda el premio Nobel para después concluir: “Tu inglés / no es lo bastante específico / Como escritor de poemas / te muestras como un inepto por no decir como / un usurero”.

En origen este texto fue un ejercicio de clase para el curso de Periodismo Literario de la Escuela de Letras de Madrid, del que fui alumno entre el otoño de 2007 y la primavera de 2008. Al profesor de Crítica, Antonio Ortega, le gustó especialmente y lo recomendó para su publicación en la web de la Escuela.

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4 thoughts on “La intimidad del anciano

  1. José Duarte dice:

    Gracias por hacer público este enlace, me ha gustado mucho el texto, y que lo remates con el poema sobre Pound.

    • Valentín Vañó dice:

      El libro merece la pena. Aparte de lo bien escrito que está, te quita muchos miedos sobre la vejez.

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